Datura
por Carla Lorien Székely
Elisa aconsejaba a sus amistades más cercanas, a sus vecinas, a sus sobrinas o a quien viniera cargando una pena, no sentir culpa alguna por fallas banales o con pocas consecuencias. Cuando alguna de ellas comenzaba a lloriquear encima de las magdalenas y el té, Elisa le recomendaba abrir un libro de historia e indagar en todos esos actos monstruosos que la humanidad ha cometido; que se fijara a detalle si alguno de esos comandantes, reyes o emperadores sentían culpa después de masacrar a cientos o miles de almas inocentes. Eso sí era grave, eso no merecía el perdón de Dios ni de los santos; pero sentir culpa por alguna mentira piadosa, por alguna falta casual a la moral o una pequeña venganza de vez en cuando, no era grave en absoluto, al menos no lo suficiente como para darse golpes de pecho o rezar varios rosarios y liturgias de corrido a media tarde.
Elisa se mostraba siempre como una persona pulcra e incapaz de cometer errores; aconsejaba a muchas personas porque la gente, sin pensarlo, buscaba su empatía y su rectitud. Los deslices no eran comunes en ella, ni manchaban su perfecta reputación en Cadaqués y sus alrededores. Todas las señoras acudían a ella por una taza de café y, entre los granos y terrones, Elisa se conmovía por todos los rumores novedosos e innovadores que surgían de esquina a esquina. Es tersa y sutil la manera en la que Elisa desmenuzaba los relatos con algún comentario oportuno como: —“Marianita, ya no te acongojes tanto, así es la vida”, o de vez en cuando decir: —“¡Dios te guarde y te oiga!”, cuando se llegaba al punto más álgido y doloroso de la narración. En Frigiliana, mantenía su reputación como una viuda compasiva que nunca engendró hijos, pero que era no solo una buena consejera, sino también una nana tierna y cálida, y una mujer que sabía dar buenas recomendaciones sobre el hogar, el matrimonio, las costumbres, los buenos hábitos y los pasatiempos para las señoras de casa. En ese mismo pueblo, se le veía paseando por las calles empedradas, por los jardines y los montes más altos; llevaba un sombrero grande con flores y un bolso de tela que ella misma elaboró con recortes de telares diversos.
Cuando su esposo, Don Agustín, falleció, todos en los pueblos cercanos sabían que él padecía de múltiples enfermedades, como afirmaba Elisa; se le veía pálido y delgado y tenía un gesto decaído ya en sus últimos años. La gente se preguntaba el porqué de tanto abatimiento, si Elisa era una mujer que siempre le fue fiel y que se encargaba de cuidarlo hasta en los peores días, e incluso era capaz de faltar a misa y a las fiestas patronales, de las cuales ella era coordinadora principal, para quedarse a administrar remedios y medicamentos a su esposo con tal de verlo estable y con mejor semblante. Elisa nunca quería dar detalles de lo que le ocurría a su marido; siempre mencionaba que, si se ponía a contar todos los padecimientos que sufría, acabaría por aburrir a medio pueblo hasta la medianoche. Siempre se le veía regañando a Don Agustín a media calle y reclamándole que debía tomarse sus medicinas a las horas prescritas y que probablemente nunca encontraría cura por su falta de disciplina y madurez.
El día que falleció Don Agustín, llegó la policía y las ambulancias a su casa y se podía ver a Elisa en un llanto horrendo. Ahí estaban sus amistades y vecinas, apoyándola en este gran dolor. El cuerpo de su marido estaba ya frío y tieso cuando lo encontraron los paramédicos; tenía los labios de color azulado, estaba en una condición de extrema delgadez y con poco cabello de tono plateado. Después de algunos minutos, lo cubrieron con una sábana para continuar con el proceso fúnebre. Doña Marianita salió ese día muy ofendida de la casa de Elisa; las otras vecinas le preguntaron el porqué de dicha reacción, a lo que ella comentó: —“Se puso fúrica a gritarme que eso no era de mi incumbencia” —comentó, y siguió explicando que simplemente le hizo una pregunta a Elisa, pero que esta se agravó rápidamente:
—“Yo estaba ahí, sosteniendo la mano de Don Agustín y rezándole un padrenuestro, cuando de repente observé que tenía la lengua muy hinchada, toda azul y los labios igual; llevaba a lo mucho una hora de fallecido nada más, parecía que le habían puesto la lengua de un cadáver más gordo, ya ni le cabía en la boca. Entonces le pregunté a Elisa el porqué de dicha condición y ella solo se puso a gritarme que me fuera de su casa, que esos no eran asuntos míos. ¡Ni que fueras doctora, Marianita, para estarme preguntando tales cosas en la tan difícil posición en la que me encuentro en estos momentos!”, me dijo Elisa con la cara roja como tomate y yo solamente dejé el lugar profundamente consternada”, admitió Doña Marianita.
Los policías tardaron horas en llevarse el cuerpo; de hecho, decidieron en la noche llevarlo al anfiteatro para practicarle una revisión general. Elisa se veía ansiosa y preocupada y su vecina Rosita le seguía susurrando al oído que su esposo ya estaba en santa gloria, que ya no se preocupara por él: —“Dios ya lo acogió en sus brazos”, le decía para calmarla, pero Elisa temblaba y sollozaba y no permitía que nadie entrara ya a su casa, hasta que un oficial le pidió pasar a revisar algunos asuntos y le solicitó, de igual manera, las recetas médicas de Don Agustín; Elisa seguía diciendo que las recetas que le daba el doctor estaban extraviadas y que eran más bien como remedios naturales que le recomendaban varios médicos, mencionaba ella entre lágrimas.
Fueron semanas en las que Elisa no pudo dormir ni una vez; la investigación forense se mantenía en curso y ella solo podía decirle a las vecinas que los médicos eran unos imprudentes que no permitían darle santa sepultura a su marido; decía que estaban haciendo investigaciones a un cuerpo que falleció por muchas causas diferentes y que, si hubieran visto cómo Don Agustín renegaba y hacía alboroto cuando le llegaba la hora de tomar sus remedios, entenderían por qué estaba tan enfermo y decaído.
Cuando por fin salió el informe de la autopsia de Don Agustín, Elisa fue requerida en las oficinas de representación policial a primera hora de la mañana. Ella decía que era una falta de respeto que la citaran a esa hora, porque ella tenía que ir a prender las velas de la Virgen de los Dolores en la iglesia del pueblo para que el padre pudiera oficiar la misa de las diez, pero ni siquiera eso la eximió del llamado. Todo el pueblo rumoreaba cosas y la gente se reunía afuera de las oficinas de la policía para saber de qué se trataba este nuevo tumulto y no tardaron mucho más en saber la verdad…
Eran tardes de sol en las que Elisa acudía a los jardines de Cantabria, saludaba a los niños que jugaban por ahí y se alejaba con el viento. Regresaba a una casa triste y moribunda en donde yacía su esposo gravemente enfermo. Tinturas, té, cucharas de plata, inciensos, humos y vapores nocivos se elevaban por las escaleras. Frascos de vidrio y polvos tóxicos inundaban su mesa principal. Las medidas debían ser precisas; nunca olvidó ponerse guantes para hacer sus menjurjes; ella conocía a la perfección el poder de cientos de hierbas, malévolas plantas del diablo que juntas se vuelven no más que fatales.
Una extracción de Datura para una alucinación funesta, en un mismo frasco combinado con adelfa y cicuta para asegurar la parálisis respiratoria y muscular; en proporciones iguales, quizás una pizca extra de Taxus baccata y ricino para que no haya poder que impida el fallecimiento. Todo haciéndose uno en una fusión de venganza, de desesperación e ira, todo hecho polvo, pintando el agua con un violeta lascivo y una fragancia vespertina que dota al olfato de notas de musgo y alcanfor, un tallo deshecho y cerezas para enmascarar la más violenta de las invasiones, la más provocadora posesión y la traición más mortífera, una obra magistral de sabiduría ancestral invocando la libertad de Elisa. Pétalos de rosa roja para darle un toque armonioso y hermosamente ingenuo a esta tisana narcótica e infernal que acabaría con un matrimonio que nunca otorgó paz ni calor ni afecto. Elisa siempre mantuvo eso en secreto; fingía una relación de lo más normal posible, pero cuando Don Agustín cayó enfermo, ella vio la oportunidad perfecta para deshacerse de él sin levantar sospechas. Los venenos que Elisa preparó, los hizo sin un ápice de culpa, puesto que ella lo veía como justo, como lo que le haría mejor a ambos. Ella no se arrepintió ni siquiera cuando se le encontró culpable de administrar dosis letales y ponzoñosas a su esposo; de gota en gota, Elisa veía a Don Agustín padecer de alucinaciones, tener episodios de ahogamiento, vómitos y dolores en todo el cuerpo. Ella lo veía rezar todas las noches para que Dios pudiera otorgarle una muerte pronta y liberarlo de tanto sufrimiento; ella se dormía a su lado, le decía que ya había hecho cita con el médico, que juntos encontrarían una cura y le susurraba al oído: —“Voy a orar por ti, para que ya puedas descansar en paz”.
De entre los arbustos y jardines, yacen las malezas más desgarradoras y letales; de las flores más bellas se transpira ese rocío fúnebre que penetra las capas de la piel y en el torrente sanguíneo crea confusión y pérdida; y de los frutos más brillantes y majestuosos nacen las toxinas más sutiles y delicadas, capaces de cortar el oxígeno y la vida. De todos esos elementos naturales se siembra el terror y así, incapaces de sentir culpa o temor, dichos fragmentos de una Tierra efímera componen las raíces del mal y de la psicosis; forman la degradación y la efectividad de un lugar salvaje, amenazante, sobreviviente y mordaz, instintivo, corrosivo, silvestre, incitante… mordaz.
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