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Alfa y Omega

 

Alfa y Omega

Al principio pensé que había caído en un sueño, tal y como Alicia cae a un abismo y la lleva a un sitio que no concuerda con la realidad ni con la verdad. Era apenas un niño cuando por error se abalanzó sobre mí ese espacio sin tiempo y sin edad al que llaman “liminal”. ¿Tú qué sabes sobre aquellos mosaicos que no concuerdan en ningún diseño y que se tiñeron de moho? ¿Qué podrías entender sobre la alfombra que invade cuartos hexagonales y puertas fragmentadas? No me llevan a ningún lado y aun así sobreviven en mí; no tienen un destino ni un final, no tienen Alfa ni Omega y de todos modos habitan dentro de mi cabeza, no solo como un recuerdo. Esos rumbos me hacen creer que hay espacios vacíos también en mi ser y que, por alguna razón, me enfrentan a mis propios demonios; y cuando entro ahí, sé que me acechan desde alguna esquina errada, entre las grietas o atrás de las pinturas que yacen colgando de la pared y que retratan caras que nunca han visto la luz del sol y otras blasfemias similares. No hay insectos ni en los más recónditos cuartos; el aire se permea de un aroma a bodega antigua, un olor entre polvo y solitud que engaña a los sentidos y te cuenta que hay realidad en éstos, pero eso es solo un sollozo más, otro intento por hacernos creer en la vida que habita ahí, pero probablemente nadie ha siquiera pisado esos ambientes ni tienen noción de su existencia. No temo, es solo desolación y aislamiento.

En una ocasión, corrí sin detenerme en línea recta; quería saber si se podría generar un mapa mental que no obstaculizara mi regreso a la entrada principal. Corrí y no quería detenerme, salté por encima de sillones rotos, puertas sin manijas, me adentré en las ventanas que simplemente dan frente a otro cuarto igual pero diferente a la vez y llegué a jadear; sudé y me estremecí con cada paso veloz que no llegaba a ningún destino. Creí que encontraría otra salida, ya que en algún momento debía parar este infierno, pero no fue así; el laberinto fluía conmigo y con mi conciencia.

Quizás yo lo estaba creando a la par de mis saltos, quizás ahí estaría para siempre. Recuerdo que algo importante es que sí empecé a notar cierta evolución de los ambientes; es como si cada vez que entraba a uno nuevo, encontrara una pequeña o ligera variación, cada vez más retorcida, cada vez más inhabitable; me costaba más y más trabajo respirar, tal vez era por la velocidad que acarreaba o solamente el espacio se volvía más y más perenne, más cerca del infinito, más cerca de la nada.

No podía volver al inicio, puede que estos lugares cambien cuando no los ve nadie y el mapa que te habías generado en la mente es otra ilusión más; tenía que dormir ahí varias noches para así seguir descubriendo día a día lo que podría revelarme dicho sitio. Las barras de proteína empezaron a escasear, pero dentro de mí ardía como flama la lujuria de descubrir qué era ese sitio o qué tenía para ofrecerme y, si nunca regresaba al mundo real, ¿qué importaba? La tercera dimensión significaba tan poco para mí a ese punto, ¿qué importaba mi vida si no era para develar un misterio más de este mundo tan surreal? La vida no vale nada, pensaba cada vez que regresaba a la única entrada y salida de estos espacios sofocantes.

Una vez, estuve merodeando por 4 días seguidos; el reloj antiguo de cuerda que traía me ayudaba al menos a diferenciar entre día y noche, haciendo la experiencia un poco más soportable. Esa vez, recuerdo que los cuartos empezaron a deformarse a medida que avanzaba y llegué a un lugar un poco más colorido, lejos ya del color blanco y las luces incandescentes; eso me motivó muchísimo a seguir recto sin detenerme. ¿Recuerdas esa tienda enorme en donde tus padres te llevaban a que escogieras un regalo porque habías aprobado el examen de geografía? Sí, a un lugar similar me transportó mi caminata y de pronto, mis memorias de la infancia estaban a flor de piel. Era como una bodega abandonada de juguetes, había cajas vacías por doquier e incluso había un trampolín grande con un letrero que decía “en renta”. Entré y sentí alguna extraña familiaridad, como si al menos esta habitación no me hiciera sentir tan solo.

-Mira, un auto Porsche modelo 1963, recuerdo cómo nos reunimos a jugar con él en la casa de un amigo y yo siempre iba solamente para que me lo prestara al menos por un rato y él me recalcaba siempre que no debía raspar la pintura porque había sido un regalo muy costoso de su abuelo de España; ¡qué nefasto era! También había un par de raquetas, una alberca de pelotas más adelante y carritos de supermercado pequeños con frutas de plástico y cajas que simulan empaques de leche y jugo de naranja. Una alfombra estilo Memphis de color negro con detalles coloridos adornaba toda la sala. Había tejados muy altos y lámparas colgantes viejas. Debo reconocer que me quedé ahí por mucho tiempo, semanas… meses, algo ahí me hacía creer que tal vez, si no encontraba nunca más la salida, podría morir ahí con recuerdos de una infancia que sí sucedió pero que no sabía ni podía explicar cómo es que el lugar conocía mis memorias, cómo es que reconocía parte de mi infancia o cuándo empezó a tener noción de mí. Esa habitación sí me hacía sentir como en casa, como si me reconociera a mí mismo ahí o al menos como si aceptara esa parte de mí y de mi esencia.

Llegó un día en el que me encontré poniendo excusas para no marcharme. Qué absurdo querer quedarse a morir en un lugar sin nombre y sin tiempo. Tuve vergüenza de mí mismo en verdad, pero yo estaba ahí, en serio, yo me encontraba en ese sitio y mi pulso latía, no me lo estaba imaginando; comía, hablaba conmigo mismo, exploraba y las horas transcurrían; no es algo de mi imaginación, yo hoy sé todo eso con total certeza. Avancé más pero regresó la monotonía, más albercas de pelotas, más trampolines y cajas inservibles, aunque tres cuartos más adentro, terminé hallando agua.

Realmente había una piscina en medio de la habitación, con azulejos de color azul claro y la misma alfombra estilo Memphis alrededor. Solo una lámpara en el techo iluminaba el cuarto, el agua estaba estancada pero raramente yacía clara y cristalina y destellaba sin movimiento alguno. Me acerqué y la toqué, estaba tibia y, en mi aburrimiento, pensé en meterme o meter al menos un pie, pero no sé, no me daba mucha confianza. Mi reloj marcaba las 8:35 p.m. y la verdad no había más por hacer, estuve dando vueltas pero el tedio me abrumaba ya de sobremanera. Decidí meter un pie, luego el otro, me senté en la orilla y agité mis pies para crear un oleaje liviano, era bastante relajante estar ahí. Creí que no estaba solo con mis pensamientos, simplemente me perdí en el agua y decidí eventualmente sumergirme por completo.

Jalé aire profundamente y me sumergí al cien… de pronto… un ruido detrás de mí, otro segundos después a mi derecha, luego más a mi izquierda…

¿Qué era eso? Me tuve que adentrar en el agua de nuevo, había olas creándose y yo no las producía. El ruido aumentó en sobremanera, unos extraños ventiladores estaban comenzando a encenderse, pero… ¿cómo? Únicamente yo estaba ahí. El metal crujía y gritaba arañando las paredes, eran ventilas bastante grandes que estaban en las paredes de la piscina por debajo del nivel del agua y giraban y sacaban líquido negro empujándolo hacia mí; el agua de la piscina prontamente se empezó a contaminar y apestaba horrorosamente. Quería salir pero enseguida la marea se tornó salvaje, la piscina era de varios metros de longitud, y aun así yo sentía que estiraba los brazos lo más que podía pero la orilla de la alberca se alejaba más y más de mí y cuando quise tocar el piso con mis pies ya no lograba alcanzarlo; no sabía qué tan profunda se estaba volviendo la pileta. Empecé a tragar un poco de agua negra, entre mi aleteo y mi pulso cardíaco elevándose por el esfuerzo, sentía que debía tomar alientos más profundos pero el movimiento me estaba empujando, como comúnmente se le llama, mar adentro. Me hundía más y más y cuando abrí los ojos por debajo del agua noté que el piso era inexistente; abismo era eso, el corazón de la nada me tragaba y me devoraba hambriento. Yo levantaba las manos y quería alcanzar una cuerda o barandal que apareciera de repente para salvarme, pero empecé a perder la fe poco a poco, en desesperación total. Mis músculos ardían con cada esfuerzo, el agua me llegaba ya hasta la frente, creía que nadie sabría ya de mí ni de la forma en la cual el precipicio me había jalado hasta una noche eterna e infernal, pero piel fue lo que sentí, una mano, alguien me estaba ayudando a salir. Saqué la cabeza del agua y tosí con fuerza, luego la otra mano me tomó de los brazos impulsándome fuera de la piscina. Salí y mi cuerpo estaba recostado sobre la alfombra, los ventiladores dejaron de rugir; tenía la piel ennegrecida por el agua y al abrir los ojos estos me dolían, era como grasa, como un aceite oscuro que me empapaba, quizás venenoso, algo muy corrosivo.

Me tallé los párpados y pude pestañear varias veces y tener mayor claridad, ¿quién me había salvado la vida?...

Entré en shock.

Ahí estaba yo, otro yo, con mi mismo peinado, con la misma ropa con la cual había decidido explorar el lugar. Él sacó de su bolsillo derecho del pantalón el mismo reloj de cuerda que yo portaba, este seguía marcando las 8:35. Después de ver su reloj, bajó su vista de nuevo para verme en el suelo aún, sonrió y me entregó un pedazo de papel de su otro bolsillo.

Lo leí con desconfianza, estaba temblando de frío y de miedo y todavía mi corazón latía fuerte.

El papel decía: “te estaba esperando”.

¿Esperando? ¿Para qué exactamente? ¿Por cuánto tiempo? ¿Acaso existe el tiempo en estos sitios? ¿Por qué se ve igual a mí? ¿Soy yo o es un clon? Tantas dudas me inundaban la cabeza…

Él se dio la vuelta y caminó hasta una puerta muy estrecha al otro lado de la habitación.

Me paré rápido y como pude lo seguí.

Había una ventana enorme en el cuarto siguiente, una pared entera de cristal, mejor dicho. Él la observaba y yo decidí acercarme a mirar con curiosidad. Era mi habitación del mundo real, era de noche allá también, entraba una ligera brisa de la ventana de mi cuarto y llegaba hasta mi cama, donde otro yo dormía tranquilamente.

¿Cuál de nosotros era la versión real? ¿Me habían estado espiando desde el otro lado?

Golpeé el cristal intentando despertar a aquel yo, quería romper esa barrera y de esa manera volver a la normalidad, pero ningún ruido atravesó el cristal, todo esto era ya demasiado aterrador.

A veces me siento ahí y me veo, bueno, nosotros dos nos vemos. -”Mira, estoy ensayando para el próximo concurso de talentos” o decimos cosas como “oh, mira, ¿quién es esa chica? ¿la habremos conocido en la clase de ciencias?” y cosas de ese tipo. Él vive, nosotros esperamos, padecemos, queremos volver ahí, queremos vivir también. Fue una tontería adentrarme tanto en este laberinto, ¿por qué quise dejar mi vida atrás? ¿Tan insignificante era? Aunque lo que sí nos aterra a mí y a mi clon es: ¿qué va a pasar cuando a nuestra versión real le entre la curiosidad e investigue sobre los espacios liminales como nosotros lo hicimos en el pasado? ¿Cómo vamos a advertirle que esa curiosidad mórbida lo hará muerto en vida? ¿Qué podemos planear para que nunca atraviese esa pared de nuevo y se encuentre aquí, vagando por la eternidad? No hay mucho que podamos hacer, estaremos condenados a una prisión en medio de la nada como el triángulo de las Bermudas. Nada perece pero nada nace aquí tampoco, la monotonía y la soledad son nuestros acompañantes. La vida sigue allá afuera sin nosotros y no nos necesita en realidad.

A veces juntos avanzamos 20 cuartos por día y todo se siente vacío, inerte, frío, irreal; otras veces nos quedamos en una habitación por meses y cuando volvemos al ventanal nos admiramos de todo lo que hemos cambiado en la vida real, es tan extraño y desalentador. La vida es cambiante pero esto, en cambio, es un tipo de infierno alterno en donde uno se vuelve inmortal y en lugar de ser algo utópico es un vaivén de obsolescencia y angustia sin fin, y es fulminante para las criaturas, para el corazón, para la vida, para el alma, yacer aquí.

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