Los Sanfermines
Yo lo veo,
Yo lo veo en el agua que brota, alumbrada por las noches de cuatro lunas en los Lagos de Covadonga. Yo lo veo a capella en las aceituneras que riman con versos hechos de sangre andaluz. Yo lo veo y sé que nunca se retuerce ante la luz mordaz que penetra por las grietas de la abadía y que cuando se filtran bajo telarañas y seda, los rayos se vuelven letales y venenosos como las ramas de la belladona negra. En los intervalos del amanecer lo veo, como desfila, rompe la rutina y se desvanece haciéndose uno con la Tierra de Asturias en donde yacen las miles de tumbas en silencio. El laúd se logra escuchar a las afueras del monasterio, donde los hombres esperan la ansiada muerte y aun sabiéndose viejos, algo en ellos se aferra a llevar el compás. Lo veo y se va por seguidillas en la geografía ibérica, donde logra enriquecerse de las manchegas y de esas danzas que surgen del hambre y la pulsión.
¿Habrá acaso nostalgia en el arranque de las Sevillanas? ¿será posible sentir más que ímpetu en las convulsiones del ritmo?. Lo veo y sé que por días se hallará a sí mismo envuelto en un nuevo pasacalle, en algún carnaval de Cudillero, Llanes, Luarca o Taramundi. Se le vienen a la mente anotaciones de un mundo inexistente, se convierte en diversas cosas dentro de su aislamiento y ansío preguntarle de dónde viene ese gozo que lleva consigo, como si la vida no pesara dentro de sus anécdotas y travesías, como si el tiempo no pudiera tatuar su alma.
Fuera de los bosques de pinoabete, es una canción sin satín ni terciopelo, es una exageración de calidez y de fervor por las castellanas y sus ritmos. Si bien, a veces se le ve abrumado volando de noche por encima de las higueras, el candor nunca se vuelca fuera de él, simplemente lo sigue como la sombra a la vela y sidra. Algo es de él y no es del tiempo, tampoco es de la Tierra que lo vio nacer pero es, mejor dicho, de los rumbos de Oviedo por las noches, entre las montañas de Cantabria y la bahía de Vizcaya, algo entre las nubes también de Andalucía, con las danzas del cascabel gordo y de la semana santa de Sevilla, algo que le forja y se hace de su inmortalidad y de su soledad, un vaivén de melancolía. De ébano y encajes llega y conquista no sólo la identidad y nombre de aquellos a quienes deliberadamente decide convertir en memorias, si no que lo hace con una culpa y perdón de antesala, queriendo no atravesar los juegos de cuerdas y creyendo que en algún momento habrá resignación o salvación para sí mismo. En la fiesta de los sanfermines en Pamplona, es un lujo poder cazar gente para drenar de sangre, ¡qué milagro tan bendito es que los hombres y mujeres decidan salir a pasear por la ciudad con un pañuelo rojo en el cuello! perfecto camuflaje para colmillos ágiles que sepan entrar directo a la yugular. Vitalista es su armadura, su corazón es de occidente asturiano y de vez en cuando viene y se reposa en el chaise y decide soltar mil y un rodeos sobre lo que era la vida cuando aún bebía vino tinto en las tan esperadas fiestas de Ribadesella y cuando en el Monumento de Alcázar se sentaba a deliberar cuando sería su nueva poesía, su nueva historia a escribir. En sus relatos, no solamente se basa en sus propios viajes sino que imprime una huella de lo que ha acontecido bajo el sol de Asturias, historias de las cuales, se ha podido percatar desde las sombras que se descaman entre el viento. Lo veo cuando vuelve, se queda algunos días buscando algo que le inspire, nada como las saetas viejas que endulzaban aquel rocío, o el vino de jerez en copas de cristal. A pesar de no estar en sus rumbos cercanos, siempre encuentra algún hecho que resuena con sus mismos pasos, quizás el nuevo romance de alguna joven con abanico pintado a mano y perfume de flor de naranjo, o la plaza al atardecer, donde juegan niños y perros con total inocencia, claridad y luminiscencia a la cual él, no tiene acceso ya ni derecho de presenciar con vista propia. Lo único que logra hacer es leer y ver fotografías en los diarios y periódicos de la ciudad, o en anuncios que se desprenden en la noche y vagan entre callejas. Una pena es no volver a las tiendas de mantillas y mantones de encaje que abren desde muy temprano pero cierran a las seis, ni poder disfrutar de las fuentes en donde la gente se refresca y lanza monedas al aire, es un pesar la vida nocturna, un pesar y un placer a la vez.La belleza de la noche es un regalo que pocos comprenden, ver algunos segundos al menos las muñecas de las mujeres que han alimentado con su sangre a él, alumbradas por el nuevo amanecer, es un gozo que muy pocos se atreven siquiera, a soñar.
«El flamenco siempre es un pena, el amor es un pena también. En el fondo, todo es una pena y una alegría» - Matilde Coral
De anís y vino de naranja se crea el perfume que invade la ventana al anochecer, cerca de los lugares a los que la gente llega a perderse y, si acaso el olor llega al ventanal suyo, las personas que se encuentran sin rumbo, al fin lo encuentran en él para siempre, en una comunión entre pecado y cristal, redención y abismo, penumbra y los acantilados de Candás. Que no duerma la luna nunca, que sus estrellas no rasguen el cielo y dejen pasar el sol como un puñal, que no sangren más cuellos blancos de leche y que a su vez no vuelvan a cantarse bulerías ni galeras y que los rosales y agua bendita lleguen a todos aquellos que mueren por un amor o una pena. Por iglesias, plazas y palacios que no se le vea, ni de noche ni de madrugá, ni en las cruces de mayo ni en las noches en los Patios de Sevilla, que todos los que se creen merecedores de una cita en los rincones del barrio de Triana con él, seguro la vida han de perder, junto con su brillo, sus anhelos, el llanto más ardiente, se lo cuentan a Undivé.
«Con el flamenco fui transportada a un mundo donde todo el mundo es hermoso, porque la belleza está en todo, en lo glorioso y lo feo; porque el flamenco celebra la vida» -Nellie Bennett
Aterrado se encuentra de un destino en pena, un destino en la carne que por amor a la vida peca. Al estribillo de un cantaor se le va la vida, o si no se escapa ¿Por que por Dios así se siente la vida eterna?. Al compadecerse de sí mismo, en el día de San Clemente, mucha prisa lleva, mucho tiempo que sobra y se hace en vela, muchos días que aún no llegan, algunos más hambrientos por decaer, por la vida que se cuenta en relatos y leyendas y la leyenda misma se destaza y se transforma en la carencia de lucidez y de coherencia. Al menos un suspiro lleno de esperanza y un bálsamo de tregua, para la morada infinita en la que alberga su sensatez. Lo veo y peca, y al mismo tiempo se lamenta, en silencio, entre callejones, entre joyas antiguas y libretas, amanece una vez más, una vez para siempre, los sanfermines esperan, mientras que la luna de sangre aguarda eterna.
Comments
Post a Comment