Las Hilanderas
por Carla G. Cortés
No sé si era su andar.
Su paso es de aquellos titanes de eras pasadas. No sé si era su susurro octogonal o su arrastre excitado lo que me hacía helar. Quisiera no temblar, pero es casi imposible al escuchar el rastro que deshace la madera y el papel al pasar. Recuerdo que la artista Louise Bourgeois veía el reflejo de su madre en estas, en lo amenazantes que son, en lo protectoras también, en cómo dormir sin bajar la guardia y en que hay que salir a defenderse sin pensarlo dos veces. No sé cómo se creó en mí dicho suspenso, sólo recuerdo haber visto una telaraña ligera en el marco de la ventana. Pensé que el viento la derribaría junto con la saliva y el rocío, más el polvo y la sedosidad. Creí que era frágil, un tejido asimétrico que resultaba de la tensión y el arranque, un manto que provenía del vientre ponzoñoso de un espécimen arácnido así de letal, pero no fue así. El aire tempestuoso no la logró deshilachar, no la tumbó por completo; sólo la desbarató un poco dejando atrás el ímpetu y el laborioso encaje que formaba un hogar temporal, así como los refugios o nidos de las aves. Decidí no mirar más ese telar, quería dormir y escabullirme del tiempo, pero sentía que me invadía; era como un mal augurio. Solamente se enfocaba mi mente en el sonar de las manecillas del reloj y la lluvia, mi ser anhelaba perderse en el sepulcro de la noche y en su laúd, dejar que el mundo onírico hiciera conmigo lo que el atardecer hace a las olas de mar: cómo se funde como hierro candente, cómo se desvanece. Sentí varias horas transcurrir; el canto de las aves anunciaba la madrugada, mi alma creía haber sobrevivido a tan fatídica noche, pero el comienzo de un horroroso capítulo yacía en mi destino.
No vi ninguna sombra; de haber sido así, hubiera tenido tiempo para correr y desahogar mi garganta y sus rugidos. Era una madrugada estéril y roja como el sol de Venecia. Escuché un sollozo que estremeció mi cuerpo, era una mezcla entre rasguños y pesares. ¿Qué pena era aquella tan grande la que sufría ese desdichado ser? En plena madrugada, ¿quién podía lamentarse así, sin dormir y con el cuerpo atravesado por la infamia y la desgracia?. Sabía que debía voltear, enfrentarme a ese llanto tan callado y, a la vez, tan repleto de decibeles gritando en mi ser como una aguja sobre la piel. Sin más, giré mi cuerpo hacia el ventanal cubierto de terciopelo gris; sólo un hilo de luz rompía la oscuridad. La telaraña seguía ahí, inerte, tan quieta como lo que muere y se olvida pero, en eso, un súbito rasgar del mantón, un corte tan perfecto del cual sangró la luz de un nuevo terror... sólo logré percibir una larga pata, de entre ocho iguales, peludas y negras que decidían agitar mi corazón.
Era ella, la bestia, la monarca de mis pesadillas, de mi sudor frío y de mis múltiples cosquilleos en el cuello. Estaba ahí, sollozando, como queriendo reclamar algo; no sé si quería salir y ser libre de nuevo o si quería verme y sentirse como yo: humana.
Mis dientes comenzaron a chocar entre ellos en un escalofrío de arriba a abajo, incesante. Mis ojos brillaban por el fulgor del amanecer; ella me veía y yo a ella también. Ella lloraba y trepidaba, con el cuerpo lleno de vellos venenosos incandescentes que parecían sangrar en un efecto óptico a causa de estar empapados por la luz escarlata e intensa del ventanal. Moría yo lentamente, aunque en mi sopesar, lo entendía perfectamente:
«Mirala» —pensaba—, ¿qué se sentirá ser un ser tan desagradable?, lleno de locura, lujuria mordaz y suciedad, una criatura tejedora tan llena de soledad y fealdad. ¿Qué podrá sentir tan infame ser? Ahí, vibrando en la esquina, con su cuerpo inmenso y pesado lleno de veneno para hadas. Un arácnido que no merece ni el nombre, una especie “lycosa tarantula” tan antigua y a la vez tan repudiada. Su simple menear es de espanto, siento que le oigo respirar entre la niebla y el sol, siento que le escucho moverse por el vidrio con una contorsión muscular de lo más tétrico posible. ¿Será infernal ser una cosa tan lúgubre? Tengo algo de duda al respecto, aunque ha de tener también su encanto el poder poseer las noches de la gente y el malestar vespertino derivado del miedo, con la manía y la obsesión por saber en dónde se ha escondido y mantenerlos con el alma en un hilo, un hilo salido de su vientre, un hilo de su creación. Quizás la tejedora no se arrepiente de lo grotesco de su entidad; entra a las casas y habitaciones y se instala ahí para chuparles toda la paz a sus inquilinos. Traza una línea entre el suspenso y la ficción de su ágil caminar y, cuando llega la hora de rezar, se posa ahí en el techo y decide emprender un aterrizaje funesto y recitar con su voz grave y cavernosa, un padre nuestro a la par de sus víctimas; y cuando éstas olvidan los versos, paralizadas en horror, ella simplemente les recuerda lo faltante, al derecho y al revés, en tono satírico y con absoluta blasfemia y desfachatez.
Eres la dueña de mi paranoia, eres la viuda negra que me doblega y me hace cobarde. Eres aquella monstruosidad que Dios no reconoce, eres aquella violinista que fue creada a partir de un aborto oscuro en alguna cueva o pantano, eres aquella Loxosceles reclusa que representa a la noche y a su peligrosidad, eres aquella bestia cangrejo, arañuela lobo que galopa entre la neblina con absoluto dominio y tenacidad.
Nunca he deseado temer así, es como el grito que te arrancan después de un susto, como aquel lobo que aúlla en medio de la noche o el relámpago que trae consigo un espantoso ruido y que hace que la sangre se congele y las arterias se compriman. Viene del asalto a la conciencia, viene del instinto y del baile entre la vida y la muerte, viene de aquello que no podemos explicar, viene de los ocho ojos que le respaldan al cazar y que le impiden conciliar el sueño; nace de la crueldad y del desamparo altivo. Una en un millón, otra más. Y así como el cuadro de Velázquez, representando el Mito de Aracne: la decadencia es tuya al igual que la eternidad. Por siempre seré una víctima de los colmillos y de su toxicidad.
En el ventanal estaba la hilandera, erguida como una estatua clásica, poderosa, hambrienta. Su cuerpo cubría toda la hoja de la ventana; calculaba en mi temer unos noventa centímetros o más de su corporalidad. Sus patas eran del largo de las sombrillas, casi un metro cada una; las agitaba en señal de traición insomne. Su peso chocaba con el terciopelo y el vidrio, creando una atmósfera de ruido blanco infinito. Mi mente se puso pálida, el mismo terror aletargaba la sangre de mi pecho; era una opresión como si ese arácnido estuviera sobre mí.
Estaba sobre mí, estallaba mi pulso.
Después de su salto, Aracne me susurraba al oído con una pesada y jadeante respiración, su olor fétido me envolvía y me hacía imposible jalar oxígeno. De mí corría la vida, la sangre, la adrenalina, el estupor y ahí seguía ella, abrazándose a mí como si me amara y quisiera darme una última oración, como si quisiera arrancar de mí una confesión final.
—No temas —me dijo de mente a mente y yo le supliqué perdón.
Ella me habló mientras reposaba en mi cama:
—Mi piel portarás, mil miedos serán tu recompensa, con la oscuridad te aliarás, caminarás con la agilidad de las tijeras y de las dagas, te posarás en los hombros de las personas como espadas de plata, comerás del festín más aciago, sufrirás de la intemperie y a la par, escribirás sobre la fiebre y el desasosiego. Con repudio te pagarán —continuó ella—: con la luna harás pactos de sangre y con hiel desfilarás por los rincones; sin abrigo y sin alhajas te conocerán, bajarás a los abismos para comprender los más impuros secretos y, una vez ahí, sabrás lo que es la ira y la maldad, el olvido y la mentira. Además, a tus víctimas les hablarás en sueños, sin despertarlos y sin romper el terror orquestado; desde sus cuellos mirarás a sus frentes, y hundiendo tus colmillos en su carne, declamarás y sin titubeos comandarás visiones alteradas y terribles, únicamente para liberar en ellos, esa sustancia letal a la que llaman realidad.
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