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Aria

 Aria

No me encontraron culpable por error mío.

No se me desvaneció de las manos un recuerdo tuyo, ni busqué regresar a tu casa para recordar lo acontecido; simplemente seguí adelante sin mirar atrás. Las marcas son como una fotografía sin materia. No sé si se podrían olfatear por animales capaces pero, sé que borré toda célula y toda señal de tu piel esa noche. Es como cuando un autor quema sus libros en la hoguera y decide desaparecer en algún bosque, dejando atrás sus últimos vestigios de vida.

Recuerdo que usé diversos químicos, fue todo muy rápido. Mi mente se aceleraba con cada gota que tocaba el suelo; en la oscuridad, la sangre chocando contra los mosaicos era como un trueno que baja del cielo y anuncia la caída del ángel más bello. Aunque iba con la carga de la persecución, me mantuve con la cabeza fría. Si quería volver a hacerlo tenía que dejar pulcro el baño, el comedor y todo sitio que supo de ti. Fue agotador, pero no creo que nadie hubiera sido capaz de reconocer huellas en el pasamanos o en el lavabo; definitivamente revisé muchas veces la escena en donde la obra cobró vida y yo te juro que no había nada, ya no estabas tú ahí. Corrí por el patio trasero y me tropecé varias veces con ramas y troncos; la higuera me veía como cómplice. No miré atrás en ningún instante aunque yo sabía que mi aliento se estremecía, pero si las manos me dieron el poder para causar caos y destrucción, mis pulmones tendrían que seguir con la batalla de alguna manera u otra. Era un día lluvioso y el aire se me clavaba en la garganta con fondo ártico; yo sentía asfixia, pero la recompensa estaba del otro lado del ahogamiento.

Siento como si fuera hoy ese día, el día en el que llegaron derribando mi puerta principal. Tenían armas y perros de rastreo, tenían linternas también y se me hizo muy extraño porque aún era de día. No me interrogaron ahí, de hecho, no demoraron en esposarme. Yo sabía que la calma era lo que me liberaría de toda sospecha y lo único que tenía para aferrarme a mi libertad. Merezco una presea por todo el tiempo que pude mantenerme en tranquilidad, contestando preguntas con respuestas monótonas, reiterando que yo no te había visto en semanas y que con trabajos recordaba tu nombre... tu maldito nombre, el cual memoricé obsesivamente por meses, para tenerte aquí conmigo, como ahora, donde estarás por siempre.

Los oficiales me veían y no tenían duda en sus ojos, yo seguía creyendo que era una de sus tácticas para hacerme caer en el estrés. Calculé muy bien qué preguntar, cuándo pedir asistencia de un abogado, cómo aparentar sorpresa cuando me enseñaron las fotografías de tu habitación y realmente dentro de mí, reí en muchas ocasiones porque no tenían ni un cabello, ni una gota de saliva ni ningún rastro mío. ¿Con qué me iban a encarcelar? ¿Con una sábana limpia? ¿Con el perfecto e inmaculado orden en el que estaba en tu patio trasero? Todo se me hacía una burla.

Llegamos a un día, a un momento en el que supe que me dejarían ir en libertad, ya que los investigadores estaban exhaustos al igual que yo. Recogieron sus tazas con algunos sorbos de café y salieron de la sala sin decir más. En mi cabeza conté varios minutos y estaba seguro de que no tenían nada en contra de mí; volteé al techo mientras me estiraba y sabía que me veían a través del vidrio negro del interrogatorio, pero yo únicamente sonreí porque en cualquier momento me levantaría e iría, probablemente, a cenar algo a la cafetería que te encantaba, en la esquina de Madero, junto a la academia de músicos en donde te conocí.

De repente, entró una de las investigadoras y, muy confiada y amena, se sentó frente a mí. Sacó una bolsa negra; se me hizo curioso ya que ninguno de tus huesos o siquiera cráneo podría caber ahí. Qué extraño era todo... yo destruí todo, en realidad, todo, ¿recuerdas?

Abrí la bolsa sin mucha esperanza, probablemente era otro de sus trucos para hacerme caer.

Pero ahí estaba. Maldita sea la hora en la que decidiste mostrarme tu estúpida pieza musical para el próximo concurso de la academia. Recuerdo haber pensado que con esa melodía yo iba a ahorcarte hasta el fin. Estaba en mi mente, cada nota, tu respiración en el fondo, en la grabación, y tu tonta manera de componer arias incansables. Tu infernal piano rozaba cada gota de sangre que caía de tu cuello. Ahí estaba: tu maldito iPod. Lo encontraron entre las sábanas de mi cama en mi habitación. Cuando lo encendí en la mesa del interrogatorio, todos pudieron escuchar tu melodía final, tus gritos, tu locura. En la pantalla aparecía cada segundo que atravesaba más y más el umbral del dolor en forma de sinfonía horrenda e interminable. Mi voz haciendo eco entre policías y detectives, maldiciéndote una y otra vez como en este relato; el cuchillo, la carne, la muerte... todo se descongeló en segundos por mis venas. No faltaron más pruebas para tener que declararme culpable de una vez por todas. Tu voluble canción tenía un título seguido de varios números y se podía leer en el vidrio, a través de la luz de la pantalla: mi nombre, tu dedicatoria hacia mí y la fecha en la que decidí frenar tu vida.


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